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Fotos Carlos Bello

Un accidente lo dejó sin movilidad en las piernas, pero no sin motivación. Aprendió a andar en silla de ruedas y defenderse solo en la calle. Ahora practica y enseña baloncesto. Esta es la historia de cómo el deporte se convirtió en su motor de transformación

A los quince años, Roiniel salió de su casa con su hermana menor. Aprovechó ese día para buscar mangos porque quería comer jalea. Después de llegar al liceo Luis Razetti –mejor conocido como la Escuela Técnica, en la avenida Morán de Caracas– escaló el árbol con agilidad. Estaba acostumbrado a treparlos porque la jalea es su debilidad. Agarró todos los mangos que pudo y al comenzar a bajar, un mal movimiento hizo que se precipitara hacia el suelo. Cayó parado. No reaccionó al instante. Diez minutos después comenzó a gritar porque no se podía mover. Su hermana corrió hacia los bomberos. El de seguridad del liceo salió, preguntó qué había pasado. Roinel respondió que se había caído. El hombre le pidió el número de su mamá y la llamó de inmediato.

Roiniel “Choco” Álvarez –piel chocolate, alto, delgado, de ojos grandes– ahora tiene dieciocho años y desde hace tres se traslada en una silla de ruedas. Evade ligeramente la mirada cuando habla, pero logra hilar varias historias sin descanso.

—Llegaron mi mamá y mi papá en la moto gritando. También llegaron los bomberos, me revisaron y me acostaron. De ahí me trasladaron al hospital Pérez Carreño, duré unos tres meses acostado. 

Desde ese día no camina. Pasó por dos operaciones: una fue el 17 de abril para descomprimir la T12 –la última vértebra torácica–. La otra fue el 8 de mayo para colocarle una barra y ocho tornillos en la columna. Lo subieron a trauma para operarle la cadera, “pero estar por tres meses acostado ayudó”, dice Roiniel. Le dieron de alta, un mes después empezó la rehabilitación. Le dijo a su mamá que quería seguir estudiando.

 Desde entonces, ha superado muchos obstáculos, aprendió a ver su condición como un reto de vida.  

—Me siento bien, ya no me importa lo que diga la gente, aquí estoy.

 Cuando Roiniel cayó del árbol estaba en cuarto año de bachillerato, los profesores le mandaron trabajos y logró avanzar hasta quinto. Ahí tuvo problemas con el director, “no me quería aceptar por la discapacidad, decía que el lugar no estaba condicionado”. Quería graduarse con sus compañeros, seguir estudiando, pero no quería pedirle favores a nadie. Su mamá dijo que era mejor cambiar de liceo y le consiguió cupo en el Antonio Muñoz Tébar. 

—Yo pensé que me iba a dar pena, era la primera vez que pasaba por un momento difícil, creí que no me iban a aceptar y me harían bullying, pero no.

Lo trataron bien, se sintió a gusto. Cuando llegó a su nuevo liceo se presentaron cuatro muchachas y le mostraron todas las instalaciones. Está agradecido con ellas. Duró un mes dividiendo su tiempo entre los estudios y la rehabilitación hasta que se dio cuenta de que esa rutina estaba cansando también a su mamá. Decidieron que lo mejor era que lo hospitalizaran para hacer la terapia. 

Lo atendieron tres personas en terapia ocupacional: Marifer, Marina y Cal. Lo ayudaron en todo lo que pudieron y le dijeron que debía seguir adelante. Sus papás también lo apoyaron, le repetían que no se sintiera mal porque lo peor había pasado y no era culpa de nadie.

Durante sus terapias, Marina le comentó que había algunas personas que practicaban deporte en silla de ruedas, los miércoles a la una de la tarde. Roiniel no entendía cómo, pero le dio curiosidad verlos.

—En ese momento, mi cabeza dio otro giro. 

Un miércoles se acercó a la cancha del hospital Pérez Carreño y se encontró a varios jugadores de baloncesto que lo invitaron a jugar. 

—Me sentí vivo, me sentí normal —dice.

Desde ese día, todos los miércoles estaba puntual a la una de la tarde en la cancha, dispuesto a jugar. Roiniel jugaba con parte del grupo de Lesionados Medulares de Venezuela, entre ellos Manuel Mendoza, uno de los primeros integrantes de la asociación. Lo invitaron a un torneo en el barrio 23 de Enero y se sintió “potente”. 

—Quería seguir estudiando, salir solo, jugar, pasármela con ellos. Me dijeron que debía tratar de ser autosuficiente y no pedir tantos favores porque solo un diez por ciento de la gente te ayuda. Pides un favor y unos no saben cómo ayudarte y los otros lo que hacen es ignorarte. Yo decidí hacer todo por mí mismo.

Cada mano está apoyada sobre unos aros metálicos que sobresalen de unas ruedas parecidas a las de una bicicleta. Los dedos agarran con fuerza los aros y los tiran hacia adelante. Los brazos parecen un pedal. Se nota el esfuerzo que hacen los bíceps, tríceps, hombros, antebrazos y muñecas cada vez que las ruedas se mueven. Sujeta, tira hacia adelante y avanza. 

Roiniel es uno de los más de 1,4 millones de venezolanos con una discapacidad. Según Marianny Linares, defensora de los derechos de personas con discapacidad, ese número representaría 5% de la población venezolana. 

Entre las personas en esta condición, 8% tiene discapacidad motora y 66% tienen entre 15 y 64 años de edad, según cifras del Instituto Venezolano de la Seguridad Social y del Consejo Nacional para las Personas con Discapacidad. Roiniel Álvarez, Manuel Mendoza y el grupo de Lesionados Medulares forman parte de esa estadística.

Sujeta, tira hacia adelante y avanza. 

Hay un escalón, pero no es obstáculo: la parte superior del cuerpo se inclina, las ruedas delanteras –las pequeñas– se levantan, los brazos se apoyan en los aros metálicos para mover con fuerza las ruedas más grandes. 

Avanza. Trata de ir un poco hacia la izquierda para pasar por una puerta. Con una mano mantiene firme el aro del lado izquierdo, con la otra mueve el aro derecho. Ambas manos se relajan por unos minutos. Luego sujeta, tira hacia adelante y avanza hasta una mesa. Se detiene e inclina un poco la cabeza antes de hablar. 

—El señor Manuel parece un fotógrafo porque cada vez que hay un torneo él graba todo y lo sube por Instagram y Facebook. 

Para Roiniel, Manuel es como un padre porque está pendiente de todos. 

—Duramos una semana en Barquisimeto porque los del equipo de básquet fuimos a competir. Nosotros somos los nueve “rukis”, nos divertimos mucho y llegamos de cuartos. Yo admiro mucho al señor Manuel, es una persona echada pa’ lante.

Manuel Mendoza tiene cincuenta y ocho años, sufrió un accidente a los siete años. Vivía en Catia La Mar, estado Vargas, con sus padres y hermanos. En un juego de pelota, la lanzaron fuerte y cayó fuera del edificio. Fue a buscarla a una avenida, venía un carro y ocurrió el arrollamiento.

—Fue un cambio total, me la pasaba jugando y de repente estaba en silla de ruedas, pero no le paré mucho, me desenvolvía como podía. Parte del cambio es no pararle bolas, yo le metí al pecho —cuenta Manuel. 

En ese momento vivía en un piso once y el ascensor siempre estaba dañado, su mamá decidió mudarse a Caracas y sólo consiguieron una casa que quedaba a 54 escalones de la entrada del barrio. Podían subirlos, pero luego no había forma de bajarlos. Comenzó a entrenar dentro de casa para fortalecer los brazos y en unos meses, con ayuda de unos muchachos del barrio, comenzó a salir.

A los dieciocho años Manuel Mendoza no tenía un grupo de Lesionados Medulares que lo guiara, él lo hacía solo. Trataba de desenvolverse sin ayuda en la calle, siempre buscaba algo que hacer y terminó uniéndose a la Asociación de Deportistas Federales. Iba desde Catia hasta el hospital Pérez Carreño sujetando los aros metálicos de su silla, tirando hacia adelante y avanzando. Solo, sobre ruedas.

—Conozco a Roiniel desde hace dos años, desde que acudió a las actividades deportivas que tenemos en las canchas del Pérez Carreño. Lo invité a unirse a nuestro grupo. Esto le sirvió de experiencia, no es lo mismo preguntar, que ver y vivirlo, así aprende más rápido a defenderse solo. Como todo ser humano debe preguntarse ¿por qué a mí? Pero, al ver que no es el único en esa situación puede enfrentarla mejor, esa es la intención.

Para el psicólogo y coordinador del Servicio de Atención Psicológica de Cecodap, Abel Saraiba, hay que diferenciar lo que puede representar nacer con una discapacidad y lo que significa adquirirla en el transcurso de la vida. El que nace con ella no conoce otra forma de vida y va trabajando en función de sus capacidades. 

Cuando alguien adquiere una discapacidad en algún punto puede representar un desafío, añora su estado anterior y desea volver ahí. 

—Es decisivo pensar qué hace la persona después que esto ocurre. Ha transformado su deseo, su estado actual le dificulta lo que era su plan inicial, pero puede ser valioso —comenta Saraiba. 

 —Yo a futuro me veo como empresario  —dice Roiniel mientras asiente con la cabeza. Esa sería su forma de ayudar a otros, de devolver lo que le han dado quienes han estado a su lado. 

Vive en el barrio Artigas, en el segundo piso de una casa, junto a su familia. Su madre es ama de casa, su padre albañil, su hermano mayor –de 20 años– se está formando para ser CICPC, su hermana de 11 estudia y su hermanita de dos pronto va a empezar el preescolar. 

A Roiniel le dicen “Choco” desde que nació porque su hermano era blanco y él moreno. A su abuelo se le ocurrió decirles “chocolate” y “mantecado”. A su hermano lo llaman por su nombre, pero Roiniel sí se quedó como Choco. Cuando alguien no puede recordar su nombre, él de una vez dice “llámame Choco”. 

—Y ahora todo es Choco aquí y Choco allá —dice riéndose.

Según el artículo cinco de la Ley para las Personas con Discapacidad, se entiende por discapacidad la condición del ser humano que evidencia una disminución o supresión temporal o permanente de alguna de sus capacidades sensoriales, motrices o intelectuales y que pueden manifestarse en “ausencias, anomalías, defectos, pérdidas o dificultades para percibir, desplazarse sin apoyo, ver u oír, comunicarse con otros, o integrarse a las actividades de educación o trabajo”. 

—Me quiero graduar, hacer estudios elevados para tener un rango. Tengo la meta de crear una fundación para ayudar a las personas con mi tipo de discapacidad, a los que están en la calle y a los que son normales —cuenta  Roiniel.

 Saraiba explica que casos como el de este adolescente demuestran que los seres humanos no somos solo nuestra capacidad de movimiento ni nuestra capacidad de ver, oír o sentir. Para el psicólogo, el ser humano va más allá de eso y de esas limitaciones: 

—Una persona que pasa por una situación difícil no tiene todas las puertas cerradas, tiene que reenfocar y redireccionar sus esfuerzos para alcanzar nuevos objetivos. Cuando la circunstancia se asume como un reto, como un desafío, y no como una limitante entonces las personas son capaces de lograr grandes cosas.

Tal como lo asumió el grupo de Lesionados Medulares que se formó hace unos años. Estaban preocupados porque no sabían cómo afrontar la situación solos y decidieron reunirse en la cancha del Centro Nacional de Rehabilitación, en el hospital Pérez Carreño, para acompañarse, ejercitarse y seguir. 

Como Manuel, quien cree necesario rescatar el Centro de Rehabilitación para cumplir con las tres etapas del proceso de todos los pacientes: primero, rehabilitación funcional –aprender a moverse en su nueva condición–; segundo, formación profesional –adquirir capacidades laborales y técnicas–; tercero, rehabilitación funcional en la calle –subir y bajar escaleras, aceras, inclinaciones, salir y defenderse–.

Como Roiniel, quien estudia informática en una universidad y comenzó un taller de mantenimiento de electrodomésticos en el Equipo de Formación, Información y Publicación (EFIP) del Observatorio Social de la Juventud venezolana. También integra el equipo de baloncesto de Lesionados Medulares de Venezuela, es voluntario en Acción Social Fe y Alegría y realmente puede contar parte de su vida sin pausa. 

Con la mirada fija en sus piernas, conversa moviendo las manos como si fuese un profesor en una clase, asintiendo su cabeza y uniendo retazos de experiencias de una manera que atrapa:

—Antes vivía en la Cota 905, me mudé a los ocho años por la delincuencia. Mi mamá no nos quería en ese entorno. En ese momento solo éramos mi mamá, mi hermano, mi perra y yo. Mi mamá parecía un burrito, salía a las cinco de la mañana y regresaba a las ocho de la noche del trabajo. Siempre nos decía que trabajáramos y estudiáramos porque era lo único que nos iba a dejar. Nos mudamos a Artigas, mi papá regresó y nacieron mis dos hermanas. 

Roiniel cambió varios sueños por nuevas metas. En realidad quería ser funcionario del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC), no empresario, porque sentía que en la Cota vivían como presos y ahí debe haber un cambio. 

—Ahorita les enseño básquet a quince muchachos de diez hasta quince años, ellos son normales, y siempre les digo que no deberían hacer algunas cosas —frase que acentúa con su dedo índice como si tuviese al grupo frente a él. 

Tras su accidente hizo cosas de las que se arrepiente. Les dice a sus aprendices que disfruten la vida, pero que lo hagan bien. Su voz se hace más grave:

—No se metan en la mala vida, dejen la droga, no tomen. Yo les digo: “muchachos, ustedes deciden, o son deportistas o son adictos a algo”.

Para él, el baloncesto ha sido su instrumento de transformación. Se dio cuenta de ello la primera vez que organizó un partido en una de las canchas de su barrio. Quería que lo vieran driblar, picar, defender y encestar desde una silla de ruedas. Ese día también se cayó, pero los tropiezos siempre son parte del juego. 

Su comunidad se impresionó, lo alentaron más. Antes solo estudiaba y jugaba béisbol, ese era su deporte, era primera base. Ahora les propone a los muchachos de su barrio que jueguen en una silla para que vean la cancha desde su perspectiva.

Todo es diferente sobre ruedas y Roiniel también aprendió a bajar las escaleras del Metro sin ayuda. 

—Tienes que ver los vídeos, te vas  a reír. Veníamos de un torneo en el 23 de Enero el señor Manuel, el capitán del equipo, tres más y yo. Las escaleras estaban dañadas y veo que ellos empiezan a bajar. Me dijeron que lo hiciera porque no venían los operadores, nadie nos estaba ayudando ¿qué íbamos a esperar? “Vamo’ a darle”, dijo el señor Manuel. Yo tenía miedo, creía que me iba a caer, pero lo logré. Bajé y nos fuimos.

Abel Saraiba asegura que “la rigidez es enemiga de la capacidad de adaptación”.

—Fue un cambio radical, pasé tres meses acostado pensando “¿qué voy a hacer?” Ahora cuando juego básquet siento que libero estrés, siento que me olvido de todo.

De todo o casi todo porque siempre recuerda lo que le dice su mamá, que trate de hacer algo que sea acorde a su tipo de condición. Él trata de aprender lo más que pueda. También tiene conciencia de la importancia de las decisiones: 

—Muy pocos son los que entienden. Es como un reto y uno es el que decide. La familia te puede ayudar, pero tú eres el que ve si quieres seguir adelante o te quedas estancado. 

Manuel Mendoza comenta que la realidad es dura. Buscar trabajo no es tan fácil cuando alguien anda en sillas de ruedas, se convierte en una barrera. Si consigue trabajo luego debe cumplir el horario aún si el transporte público no funciona, o si debe rodar por mucho tiempo para llegar, o si no hay ascensores para ellos.

Eso queda demostrado en las estadísticas: 45% de los hospitales carece de rampas de acceso, 31% no tiene ascensores. 78% de las organizaciones consultadas en el Estudio sobre Accesibilidad y Derechos del Informe Alternativo para el Examen Inicial de Venezuela en la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad del Comité de Naciones Unidas, afirmaron que las unidades de transporte público no cuentan con adaptaciones necesarias para trasladar a personas con discapacidad. 

Luego está la falta de medicamentos y la situación actual del sistema de salud. 

—Tal vez para las personas que no han tenido contacto con nuestro mundo no pueden ver la magnitud, pero es realmente difícil para nosotros, dice Manuel. 

Los deseos se transforman, los planes iniciales cambian y se crean expectativas en función de una nueva realidad, dice el psicólogo Abel Saraiba.

Una nueva realidad como la del grupo de Lesionados Medulares que agrupa a más de 500 personas y quienes practican deportes como baloncesto, levantamiento de pesas, natación, voleibol sentados, tenis de mesa y maratones.

—Todo lo que se pueda hacer adaptado lo hacemos, incluso hay un surfista —cuenta Roiniel.

Ese grupo ha inspirado la lucha por los derechos de las personas con discapacidad y de rehabilitarse a través del deporte. También es una forma de darse apoyo, de estar unidos, de ser autosuficientes. 

—Yo me sentí diferente cuando empecé a salir solo. Hace un año y cinco meses recuerdo que tenía que ir al Pérez Carreño a hacerme un chequeo, mi mamá se había vestido y yo dije “no, mamá, yo voy a salir solo, ya estoy grande” y salí –dice Roiniel orgulloso.

Levanta la cabeza y sonríe como si estuviese volviendo a vivir ese momento y para que quede clara la satisfacción que le genera salir de su casa sin ayuda.

Se despide. Apoya las manos sobre los aros metálicos que sobresalen de las ruedas de su silla. Los dedos sostienen los aros, da la vuelta. Sus brazos parecen un pedal, se evidencia el esfuerzo que han hecho durante tres años de vida. 

Sujeta, tira hacia adelante y avanza.

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