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Daniel Brassesco lleva casi toda su vida comerciando libros, sin tener una librería. Un uruguayo sin acento, con un bolso siempre a la espalda repleto de literatura. Un librero itinerante que resguarda tesoros, como su padre, de quien heredó el oficio. Un restaurador de prosas y versos, porque pocos como él saben revivir libros olvidados.

Fotos Mariana Souquet y Cristofer García

Cuando Daniel Brassesco carga sobre sus espaldas un abultado morral, completamente lleno, pareciera que fuese a emprender un viaje. Se ajusta las tiras del bolso para mayor comodidad. Encorva su delgado cuerpo para caminar y en su mano derecha lleva una maleta de ruedas, aún más grande y también llena. Pero Daniel no se va de viaje, va a vender libros.

Es librero por herencia y de seguro, si hubiera tenido elección, viviría en una alejada isla griega, en medio de un intenso mar azul y arena tibia, como la que adora Marini en La isla a mediodía, el popular cuento de Julio Cortázar. Pero, mientras tanto, se refugia en la intimidad de un piso 20, en un edificio en el centro de Caracas. Ahí tiene su guarida.

Al entrar en su casa hay que tener cuidado para no tropezar contra el centenar de libros que se apilan al lado de la puerta principal. Ahí mismo, acostadas, descansan un par de maletas llenas. Acaba de preparar café, lo sirve en envases de plástico y se sienta, justo frente a los libros.

—Quedó clarito el café, muy suave —comenta, mientras agita la azúcar del fondo con una cucharita.

La mirada de Daniel se posa sobre el montón de ejemplares a la vez que da unos sorbos.

Su expresión es pensativa y calmada. Son los libros, aún sin ordenar, que le quedan por vender. 

—Soy como un acumulador, me gusta coleccionar.

Los tantos libros no respetan orden de autor ni género. Jorge Luis Borges y Gay Talese se mezclan con Plinio Apuleyo, Juan Villoro, recetas de cocina o cuentos infantiles. En las maletas mantiene encerrados a Junot Díaz, Arturo Pérez Reverte, Fernando Savater y otras decenas de escritores. En su mayoría son usados o sin estrenar. Vender libros es el trabajo de Daniel Brassesco desde hace al menos 40 años.

Al final de la sala, sobre una mesa, reposa un tablero de ajedrez de madera. Debajo, una bicicleta descompuesta se esconde entre las patas de la mesa. Y en frente, cajas con más libros. En casi todos los rincones del apartamento aparecen libros agrupados. Sobre una de las paredes blancas, que se tornan amarillas con el sol, cuelga un retrato del Che Guevara, pintado a grafito. 

Daniel tiene una vida entregada a este oficio. Casi por casualidad, como un chiquillo de 14 años, no imaginó que por legado terminaría caminando con los mismos zapatos que su padre, el librero Esteban Brassesco, cuando llegaron a Venezuela desde Uruguay, huyendo de la dictadura a finales de los años 70. 

En esos años los militares tomaban las calles de manera reiterada. Se escuchaban las pisadas de botas en trote de un lado a otro. Las manos enguantadas de los uniformado exhibían sus armas, listas para el ataque, en señal de advertencia. El terrorismo de Estado imperaba en el pequeño país al sur del continente americano. 

Luego de estar preso por diferencias ideológicas, Brassesco padre viajó hasta Venezuela en 1976, junto a su esposa Mary y sus tres hijos pequeños: Martin, Javier y Pablo. Daniel, junto a la hermana mayor, Stella, hicieron el mismo recorrido dos años después.

 

De ese viaje Daniel recuerda poco. Tenía 14 años, habían dejado en Uruguay las ropa de invierno y se enfrentaron al trópico caraqueño. Dejaban atrás muerte, miedo y represión, en un país que de su familia solo Daniel no ha vuelto a visitar.

—Fue una llegada vertiginosa. Acá todos hablaban más apurado. Los colores eran distintos, la música, el movimiento, el bullicio, las construcciones, las motos, todo era diferente. Era como si te explotara el trópico en la cara. Era como haberle subido volumen a la vida.

Sin embargo, quizá es el uruguayo más raro del planeta. No le gusta el fútbol, porque, como él dice casi en un gruñido: es una pérdida de tiempo pasar horas pegado frente a un televisor. Tampoco bebe mate con frecuencia y no escucha ni baila tango. Además, de las primeras cosas que hizo fue eliminar su acento. Fueron sus primeros pasos de eso que él llama “amoldarse a los ambientes” y que practica religiosamente.

—Me chalequeaban mucho en el liceo. Por eso del “sho”, sabés, hablar así con el tonito y esas cosas -imita el acento sureño-. Creo que no tengo casi acento. Ya no es acento, sino mañas de hablar de uno. El acento lo traté de extirpar. Me daba rabia cuando se burlaban de mí.

La rutina de Daniel suele ser beber café, fuerte y caliente, cuando se levanta alrededor de las siete de la mañana, comer una arepa y ver un poco de televisión. Daniel es uruguayo, no “uruguasho”, así, sin acento. Habla parecido a un caraqueño, pero más calmado, y dice: “chamo”, “vale”.

De contextura delgada y no muy bajo. Lleva el cabello corto, con un peinado de pollina clásico en el que, entre el dominante marrón, aparecen retazos blancos que delatan sus 57 años. Es de rasgos duros y gruesos. Anda siempre afeitado y no viste a la moda. Odiaría usar ropa con marcas llamativas, por eso suele ponerse camisas de aspecto neutro, de cuadros o rayas, un jean y zapatos de cuero.

Callado, discreto, algo tímido e indiferente. Nunca le ha preocupado pasar desapercibido. Se autodefine como un ermitaño que goza de las cosas sencillas, porque él es un tipo sencillo.

En principio se interesó por los libros cuando ayudaba a Brassesco, el viejo, con las ventas. Luego se independizó con sus propios clientes. Y, aunque este trabajo que le ha permitido vivir tranquilamente y no le ofrece riquezas, ha sido fiel a su oficio.

—Me parece curioso que he vendido libros a muchas generaciones. He conocido personas a las que le he vendido libros a su padre y hasta a su abuelo.

Ahora, mientras habla de libros, se anima. En el tema se desenvuelve como un especialista, pareciera que un espíritu se apodera de su cuerpo. Rompe la tranquilidad que lo caracteriza y se pone más eléctrico. Se levanta de la silla, se agacha en cuclillas con la destreza atlética de un adolescente, comienza a derribar la torre de libros y los coloca en el piso. Como buen apasionado de la lectura.

Durante toda su vida debe haber leído más de medio millar de libros. Trata de leer al menos veinte por año. Y tiene una filosofía muy particular, no le gusta repetir lectura.

—Trato de leer de todo. Me gusta mucho Paul Auster, Graham Grill, Truman Capote, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez. Es raro que me lea un libro otra vez. En mi vida llevo dos o tres libros que he releído. Me parece un desperdicio pasar las hojas de un libro dos veces, pudiendo leer algo nuevo. 

También deja muchas lecturas sin terminar, entre ellas Rayuela, de Cortázar y la gran obra de Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha. Aunque tiene sus reservas con el autor argentino -de quien ha leído sus cuentos-, desea terminar el Quijote, clásico que ha intentado leer en al menos tres ocasiones.

Se levanta del suelo. Se pierde por un pasillo y regresa con un enorme volúmen de color verde y lleno de polvo. Lo coloca sobre la mesa y con un paño húmedo, que trae en su mano izquierda, lo limpia con afán. Es el Quijote.

—Este lo encontré en la calle entre la basura. Es una joya. Es como una edición especial, trae ilustraciones. A veces retomo algunos libros, pero moriré sin leer muchos. 

Desde la altura donde vive, Caracas luce amigable. La misma ciudad que hace 41 años parecía indomable para Daniel, en aquellos días que comenzó a recorrerla con sus libros. Puertas adentro, su apartamento, es su refugio. Ahí se respira tranquilidad y el silencio es incorruptible.

Su habitación es totalmente acorde a su identidad, el tesoro de cualquier adicto a la lectura. Junto a su cama se afila un centenar de libros de su biblioteca personal. La mayoría no sigue un orden, excepto los de biología -que le tomó más de 20 años recolectar-, uno de sus temas favoritos. Las ediciones sobre los estudios de la vida revelan la carrera que cursó: es docente en ciencias naturales, aunque dejó de ejercer por la mala paga.

—Me gusta mucho leer ensayos de ciencias naturales, porque estudié biología.

Habla de su preferencia, y no se guarda sus otros intereses como lector. Mientras, recostado en el colchón, un rayo de luz se cuela por la ventana y la cortina a medio recoger. 

—Me gusta mucho leer cuentos. Me gusta Cortázar, pero lo que pasa es que a veces se pone como muy profundo para mi gusto. Yo soy un poco más lineal, quiero la cosa más facilita. Hay gente que le gusta los libros duros, como con un esfuerzo, a mi todo lo contrario. Una trama sin tanto giros. 

En su enorme biblioteca conserva un sin fin de libros de distintos temas. Entre ellos están algunos que su padre le regaló. Además, guarda otras lecturas personales. Posee libros que son joyas. Sin embargo, Daniel los vendería todos. Es desapegado a lo material, aunque dudaría mucho con sus lecturas de biología.  

—Las cosas son perecederas y uno también. A uno le han inculcado de niño la posesión, mientras más tengo, más soy. Creo que es todo lo contrario: desapegarse de las cosas y ser felíz con lo menos posible.

En la parte superior de su armario están pegados un mapamundi y una fotografía de insectos. Dentro del closet, guarda una colección de escarabajos que recolectó desde que estudiaba. Yacen sobre un corcho sujetados por alfileres. Los muestra con orgullo, aunque ahora le disgusta haberlos matado.

—Me iba a la Colonia Tovar a coleccionar escarabajos, o detrás de las playas -dice, mientras señala a dos en específicos- estos son cocuyos. Lleva su trabajo, así te pueden durar más de cien años, pero después me empezó a dar lástima dejarlos sin vida.

De su padre recuerda los libros de biología que le obsequió. También viene a su mente los recuerdos de sus últimos encuentros. Por aquellos días, producto del Alzheimer que padecía Brassesco el viejo, tenían conflictos desagradables. Pero Daniel lo recuerda de buena manera, aunque no era tan cariñoso, lo guió con el ejemplo y siempre se ocupó de su familia.

Los libros siempre estuvieron en su entorno. Su padre era profesor de historia en Uruguay y un lector interesado por los libros de corte histórico, de autores latinoamericanos. Mientras que Daniel se inclina por la ficción, prefiere las novelas.

Brassesco el viejo se mantuvo fiel a su oficio como librero hasta al menos seis meses antes de morir a los 85 años. Detrás de él, dejó decenas de libros. Daniel heredó la mercancía y ha continuado las ventas inconclusas.

Ambos libreros, padre e hijo, con el tiempo transformaron paulatinamente sus oficios. Ya no eran libros nuevos los que ofrecían, sino ediciones usadas, que compran a emigrantes que rematan sus bibliotecas o quienes querían deshacerse de un montón de libros. 

Desde entonces, Daniel se convirtió en un revividor de libros. Cuando no juega ajedrez -una de sus pasiones- en la Plaza La Moneda, en la parroquia Altagracia del centro de Caracas, está buscando libros usados para revender. 

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Marca el piso cuatro del ascensor y entra con el equipaje, un morral y una maleta. En el par de bolsos carga unos 40 kilogramos, lo que pesan más de un centenar de libros, la mayoría usados. Y, tal como una librería ambulante, los carga encima desde que salió de su casa y atravesó la ciudad hasta la zona este, unos ocho kilómetros, para llegar a esta redacción periodística.

—¿Cómo está?, pase señor Daniel, le saludan al llegar a la oficina.

Responde con un saludo casi tímido, entra y comienza a desempacar. Se descarga el primer peso de la espalda y la maleta de ruedas la acuesta en el piso. Abre el cierre del bolso y saca el primer lote de libros. Ejemplares de diferentes tamaños y colores que, con paciencia y agilidad, pone uno por uno sobre una repisa de vidrio. Repite la acción con la segunda maleta. 

Con los libros afuera, empieza a ubicarlos en orden. Ediciones de Salman Rushdie, Juan Villoro, Javier Cercas, Fernando Savater y Óscar Bustamante se fijan en vertical sobre otras pilas de libros. Mientras los acomoda, acaricia las hojas de algunos, y otros de tapa dura los golpea dos veces con los nudillos.

—Estos duran más, los de tapa dura.

Montado el escenario, ahora se sienta en un sofá y espera. En minutos comenzarán a llegar periodistas, los principales clientes de Daniel, a revisar la exhibición de libros. Pero los compradores están almorzando. Es la 1:30 pm. Debe esperar y saca un libro de ajedrez para distraerse.

 

Al igual que Brassesco el viejo, Daniel se ha ganado la vida visitando semanalmente las oficinas de periodistas porque, como él mismo dice, los periodistas son los que más leen. Cuando ayudaba a su padre, se dividían tareas. Ya adulto, con 32 años, se abrió camino solo en el mismo negocio de librero. Por esos años también se casó y formó su familia.

El joven Daniel conoció las enormes redacciones de grandes periódicos venezolanos. Como una librería itinerante y dedicado de lleno al oficio, visitaba tres veces a la semana El Nacional, en misma cantidad a El Universal, también llevaba sus libros a Últimas Noticias y al Correo del Orinoco.

Ahora, sentado sobre el sofá, se coloca sus lentes, hojea un libro y observa un espacio modesto, donde el comedor está justo frente de la redacción. En una pequeña esquina un fregadero acumula platos. Al lado, una cafetera hierve frente a decena de laptops

Los ojos de Daniel han sido testigo de los cambios de las redacciones periodísticas. De cómo lo inmensos medios impresos venezolanos mutaron a diarios digitales, de tamaño casi express. Pero un sonido característico se mantiene, según su memoria, y que aún no se altera: las decenas de dedos tecleando. Tampoco se ha ido el olor a café, aroma propio de estas salas.

—Tome señor Daniel, le ofrecen una taza de café humeante. La alcanza con prontitud y agradece.

—Muy amable — responde. 

Detiene su lectura y observa cómo se van acercando, de a poco, los compradores. Saca su libreta y un bolígrafo negro para estar preparado.

—Anótame este, Daniel — le dice un hombre, mientras le alcanza un libro.

Lo toma y le da vuelta, atrás está el precio. En la libreta anota un par de garabatos que corresponden al nombre del cliente y el costo del libro: 5 mil bolívares.Otros nombres se enfilan debajo, con los montos ya tachados. Le devuelve el libro.

—Listo, ahorita te transfiero -le alcanza a decir el hombre, ya alejándose con el libro en la mano.

Es la primera venta. El otro centenar de libros son hojeados por una decena de manos curiosas. Después de una hora vende otros quince y gana un total de 80 mil bolívares, que aprecia como una buena venta en estos tiempos.

Daniel vende barato y a crédito. Él entrega los libros y queda firmado -sin sello ni tinta- un acuerdo mutuo con el cliente para el posterior pago. Él no le insiste a ningún comprador, solo confía y le ha resultado.

—El que compra libros, en general, no es tramposo. Son más buena paga. Hay excepciones, pero quien lee es un segmento de la población con más principios. Yo me he dado el lujo de no cobrar, ni llamar y me pagan.

Todos estos libros que vendió habían cumplido su ciclo, pero cuando llegan a las manos de Daniel la historia empieza de nuevo. Cuando las personas quieren deshacerse de ellos buscan a Brassesco. También quienes emigran solicitan sus servicios. Ya leídos -en su mayoría-, usados, gastados y hasta rotos, a Daniel le toca revivirlos.

—Yo trato siempre de vender libros así sean usados, que estén en buenas condiciones y mantener unos precios solidarios. Me ha jodido un poco eso, como no vendo caro y doy crédito. 

Daniel también es como un cirujano. Desvalidos y después de tantos maltratos, él les da vida nuevamente a distintas ediciones. Con las páginas amarillentas y rayadas, de textura corrugada, con olor a pasado y de letras casi ilegibles por el deterioro de la tinta. Es el estado de los libros que llegan a sus manos, después de haber pasado por decenas de otras manos.

Como un embalsamador, arranca las páginas rayadas del principio o final, que no afectan al contenido. Pega las partes sueltas, los limpia, acomoda las hojas arrugadas. Hace magia y ya se puede vender el libro. Por cortesía, ofrece una disculpa al cliente por ser un producto de segunda mano. 

—Los acomodo para tener los libros presentables. Restaurarlos es parte de mi trabajo ahora. Antes no lo hacía, incluso me daba pena vender un libro usado, pero se hizo normal.

Para Daniel lo importante del ejemplar es su contenido, pero su buena presentación es un respeto que él guarda con sus clientes. Le ha tocado vender hasta los de peores condiciones, cuando son obras demandadas.

—Libros que antes prácticamente encontrabas tirados en la basura, ahora son negociables.

Como resultado de no conseguir libros nuevos, la lectura en Venezuela se ha vuelto reciclada. El sector del libro se encuentra en su punto más bajo de la historia reciente: se producen pocos libros y aún menos se importan.

Las editoriales se ven de manos atadas por lo costoso que resulta conseguir insumos y materiales, que en su mayoría son foráneos. El mercado se ha reducido por la dificultad de obtener divisas. Además, el poco poder adquisitivo de la población también causa pérdidas a quienes están en el negocio: hay prioridades para gastar el dinero en vez de obras literarias. Por lo tanto, los proveedores de libros se nutren de lo poco que se produce y de los libros ya usados que aún circulan.

Tampoco quedan casi librerías en Caracas. Muchas han cerrado, como resultado de los golpes que dejan la hiperinflación en los comerciantes: no pueden pagar empleados, alquileres y productos. Las pocas librerías abiertas deben ofertar otros productos, porque solo de libros no sobreviven. 

Los ejemplares que más se exhiben son los clásicos y colecciones viejas. Esos pocos, aún empaquetados, se ofertan a precios que la mayoría de los sueldos no pagan. El amante de la lectura termina salvado por la movida de los libros usados y por el tesón de libreros como Daniel. 

Daniel dice que el declive empezó en 2010. Fue progresivo y terminó devorándose la industria del libro como termitas a la madera. Cada vez conseguía menos volúmenes -por el cierre de las editoriales, importadoras y distribuidoras- y la dificultad era entonces conseguir los libros, más que conseguir los clientes.

—Era un movimiento muy grande. Había mucho trabajo. Laboraba todos los días mañana y tarde. Todas las semanas traía cuatro cajas llenas de libros. La caída de la industria del libro aquí ha sido catastrófica.

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El hombre que vende letras. Así lo llamaron una vez durante una jornada de venta y el apodo le agrada. Antes solo las vendía, ahora primero las revive. Pero no solo es ese su trabajo, sino también reparte consejos de lecturas y regala sonrisas en sus clientes. 

—Me gusta esa expresión en el rostro de cuando ayudo a alguien con un libro, porque muchas personas preguntan recomendaciones. Es lo bonito de este oficio.

De este librero móvil, quizás pocos de sus conocidos sepan que su plato predilecto son las milanesas con papas fritas, su postre preferido es la torta de chocolate y que para elegir una película como favorita, tarda diez minutos para argumentar por qué razón le es imposible elegir solo una. Aunque, si insisten, termina inclinándose por El Resplandor, de Stanley Kubrick. 

También le gusta escuchar la música del cantautor español Joan Manuel Serrat. Es un empedernido jugador de ajedrez desde que estudiaba en el colegio y aún juega un par de veces por semana, aunque lo abandonó durante diez años cuando se casó. 

Pocos sabrán que ha escrito cuentos inconclusos y que en primaria lo regañaron por escribir un relato rimado para el Día del Maestro, que empezaba con la muerte del propio profesor, por el cual llamaron a su padre Brassesco, mientras él hervía en rabia.

Además de que amaría vivir en una isla o el campo -aunque ya lo hizo por un tiempo- sin preocuparse de nada. Sigue casado a pesar de estar separado, pero es amigo de su esposa, quien es sobreviviente de cáncer de seno. Tiene dos hijas: Estefanía y Daniela.

Pero, quizá, Daniel ha sido más importante en la vida de sus clientes de lo que él mismo cree. Él, junto a su padre, han nutrido las bibliotecas de cientos de periodistas venezolanos, quienes aún conservan los libros, las recomendaciones y la gratitud de contar con un librero de cabecera.

 

En Daniel, por ejemplo, el periodista Humberto Sánchez Amaya encontró más que un vendedor. En los primeros encuentros que tuvo con el librero, Daniel analizó los gustos de Humberto y en las citas siguientes le ofrecía libros y autores acordes a su demanda. 

—El le hace una radiografía a tus gustos. Los va conociendo y luego te sugiere libros. Llegaba con ediciones de Javier Cercas o ejemplares sobre cine y música. Él sabe dónde encontrarte y qué llevarte

Son más de 12 años siendo su principal distribuidor de libros. Con Brassesco hijo conoció El Impostor, de Cercas; El cine, décima musa, de Alejo Carpentier; la biografía de Alfred Hitchcock escrita por Donald Spoto –The dark side of genius: The life of Alfred Hitchcock– y, como buen periodista, leyó muchas crónicas.

—Él iba ganando tu confianza y se volvía tu dealer literario.

Más que el hombre que vende libros, para Sánchez Amaya, Daniel junto a su padre construyeron una vena literaria que conectó a un numeroso grupo de comunicadores de distintos medios por varias generaciones. Eran unos libreros únicos. Ambos, casi por magia, aparecían con ediciones clásicas de la literatura que no se encontraban en ningún lado.

La también periodista Laura Weffer recuerda a Daniel con el cariño y la nostalgia propia que deja una buena lectura. Esa que se comienza a sentir cuando la mirada pasa por encima de la última página y el índice se devuelve para confirmar que son las palabras finales.  

—El amor que tengo por los libros en mi vida, la familia Brassesco lo que ha hecho es alimentarlo. 

Laura, durante sus casi 30 años de labor periodística, le ha comprado libros a Daniel y su padre casi ese mismo tiempo. Sin temor a la imprecisión, se atreve a decir que ha adquirido de los libreros Brassesco al menos unos 500 ejemplares.

—Cuando cobré mi primer sueldo, me lo gasté todo en libros con el señor Esteban Brassesco. La deuda que debía a los Brassesco es la más feliz que he tenido en mi vida. Siempre les debía mucha plata, porque me daban libros que eran pensados especialmente para mí.

Pero lo que poco conocen los clientes de Daniel son sus temores. Luce como un tipo duro, indiferente e inquebrantable. Aunque luego de vivir la dictadura uruguaya, quedó marcado. La represión y la tortura lo definieron. De hecho, el temor a la tortura es su principal fobia. Y, aunque tiene un pensamiento político inclinado a la izquierda, nunca fue activista precisamente por miedo.

—Allá la represión era muy dura. Conocí casos muy fuertes. Tuve una compañera de clases, que su madre se había vuelto loca porque a un hijo lo habían matado torturado. Yo me desmarqué de la política, por un temor extremo a eso. 

La lectura sobre represión y tiranías también le dejaron huella. Los libros fuertes, crudos y narrados en primera persona permanecen en su subconsciente. Nunca olvidará esas historias. Recuerda un libro en específico.

La pena de muerte, del escritor español Daniel Sueiro, a mí me dejó abrumado, devastado. Estuve más de un mes golpeado, porque hablaba de otras formas de morir. La tortura es narrada de una forma muy cercana. Con crudeza. Ese tema me ha afectado mucho. Todos tenemos asuntos que nos mueven. Hay libros que te tocan fibras, como cuando alguien toca las cuerdas de una guitarra, el escritor te maneja las fibras nerviosas. Terminé llorando.

Aunque Uruguay goza actualmente de estabilidad y Venezuela atraviesa una crisis social y política, Daniel no se marcharía. Llegó a este país con solo una maleta de ropa, se instaló, hizo vida y aquí pretende morir. Ya no se siente uruguayo, sino venezolano, o como él lo llama, un híbrido, un ciudadano del mundo.

—Hay gente que le gusta más viajar y salir. El desapego me lo ha dado la lectura. Uno es ciudadano del mundo. Uno puede ser feliz en cualquier parte. Siempre he sido partidario de la idea de amoldarse donde sea. Para eso ayudan un poco los libros, porque te dan herramientas. Lo importante es la relación con la gente. Yo me siento más bien venezolano. En todo caso como un híbrido.

A su edad, casi sexagenareo, Daniel no se preocupa por dedicarse a otra cosa que no sea vender libros. Habla con normalidad de la muerte, que él asegura, le aguarda de un momento a otro. Ama proveer de libros a otros. Disfruta que esos mundos reales e imaginarios resguardados en papel y tinta lleguen a las manos de quienes ansían leerlos. Es feliz jugando ajedrez, siendo un librero sin librería y con un montón de peso -tesoros literarios- en sus espaldas.

Este trabajo fue producto de la segunda cohorte del Diplomado Nuevas Narrativas Multimedia Historias que Laten, en alianza con el CIAP-UCAB y la Fundación Konrad Adenauer, en Caracas de mayo a julio de 2019.